Luis Alberto Pardo Villalón

El hombre que rescató a Shackleton

El 30 de agosto de cada año, celebramos el rescate victorioso desde la isla Elefante, de los miembros de  la expedición imperial transantártica, al mando de Sir Ernest Shackleton, realizado por la escampavía  Yelcho, de la Armada de Chile, al mando del Teniente 2º Piloto Luis Alberto Pardo Villalón. En esta oportunidad, más que del rescate mismo, nos ocuparemos del hombre detrás del héroe.

 

Luis Pardo y su familia.

 

Pardo nació el 20 de septiembre de 1882. Huérfano de madre  tempranamente, desde su infancia reveló vocación por las cosas  del mar. Estudió en el Colegio Salesianos de San Juan Bosco, en Valparaíso. Con el anhelo de independizarse, en 1900, casi a los 18 años de edad, ingresó a la Escuela Náutica, que en esa época funcionaba en Coquimbo, a bordo de la corbeta Abtao. Esa  escuela, dirigida por la Armada, además de oficiales para la marina mercante, formaba Pilotos para la marina de guerra. Pardo terminó sus estudios el 9 de Octubre de 1903 y, hasta 1906, prestó servicios en naves de la marina mercante. El  27 de Junio de 1906 ingresó al servicio de la Armada, como Piloto 3º. Dos meses después, contrajo  matrimonio con Elvira Laura Ruiz Gaspar, en la Iglesia de los Doce Apóstoles de Valparaíso. Tuvieron cuatro hijos.

El 13 de septiembre de 1910 ascendió a Piloto 2º y fue transbordado al Apostadero Naval de Magallanes, con base en Punta Arenas, correspondiéndole navegar en las escampavías. Su principal misión era ocuparse del aprovisionamiento de los faros y balizas, lo que le permitió familiarizarse con la intrincada geografía de los archipiélagos australes chilenos, aunque lo mantuvo lejos de su familia por períodos tan prolongados que sus hijos, en su primera infancia apenas tenían oportunidad de alternar con él. Tal es así que, al regresar a su hogar en Valparaíso, en la calle de la Virgen del cerro Merced, después de una larga ausencia, se encontró en la calle con Fernando, el mayor de sus hijos y,  advirtiendo que éste no le había reconocido, le tendió una moneda de oro. El pequeño se negó a recibirla, replicándole, con toda la formalidad de sus escasos años: -“gracias; no puedo aceptar dinero de un extraño”-. El padre afectuoso sintió esa contestación como una puñalada, aunque observando que el muchacho se ceñía a los preceptos de buena crianza, reiteró:-“tómala y llévasela a tu mamá. Ella te dirá lo que debes hacer”-. Fernando corrió hasta su casa, a entregar la moneda a su madre, quien en  seguida entendió y se abalanzó a recibir a su marido.

El 13 de septiembre de 1915 asumió como Comandante de la escampavía Yáñez, con base en Punta  Arenas. En estas circunstancias lo sorprende el año 1916, cuando el mundo no sólo está consternado por la Primera Guerra Mundial, sino también por la suerte que corrían los 22 miembros de la expedición de Sir Ernest Shackleton, abandonados a lafatalidad en la isla Elefante.

Como es sabido, el rescate de esos hombres fue intentado cuatro veces. Primero, en uno de los mayores buques balleneros ingleses, el Southern Sky, que fracasó y regresó a las islas Falkland. Después, en el  pesquero uruguayo Instituto de Pesca nº 1, en el que, nuevamente fracasados, regresaron a Puerto Stanley.

En estas dramáticas circunstancias, Shackleton comprendió que debía encontrar una base de  operaciones que contara con más recursos que Puerto Stanley, así que resolvió trasladarse a Punta  Arenas, con la esperanza puesta en chile. Allí fletó la goleta Emma, tercera nave con la cual intentó el  rescate. La Armada permitió que la escampavía Yelcho, al mando del Piloto Miranda, remolcara a la  Emma hasta dejarla en aguas libres, para ahorrar combustible y aumentar su distancia franqueable.  Pero el invierno estaba bastante avanzado, las condiciones de tiempo eran malas y el hielo se movía  rápidamente hacia el norte, siempre cerrándole el paso. En esas condiciones no podrían alcanzar la isla,  por lo que la Emma se dirigió a Puerto Stanley una vez más. La autoridad naval de Magallanes dispuso  que Pardo tomara el mando de la Yelcho, el domingo 6 de agosto, para dirigirse a Puerto Stanley y  traer a remolque la Emma a Punta Arenas.

 

Escampavía Yelcho.

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La Yelcho recaló en Puerto Stanley en la mañana del miércoles 9,  Shackleton y sus dos acompañantes subieron a bordo para saludar  al Comandante Pardo y felicitarlo por su maniobra de entrada a  puerto sin haber solicitado un práctico; hay que considerar que esto  ocurría en plena Primera Guerra Mundial, por lo que era muy  posible que la entrada al puerto estuviese minada. Así fue como el  destino quiso que Shackleton y Pardo concurrieran a su encrucijada; un encuentro incidental que iba a tener primordial trascendencia, puesto que determinaría  el destino de muchos.

Sir Ernest era una persona favorecida por una sorprendente perspicacia para calificar a las personas. Le impresionó bien este marino tan valeroso; congenió con él y sintió que podía confiar en este hombre sencillo, al que presintió íntegro. Pronto, al trabar conocimiento con él, lo respetará por su destreza y competencia; luego aprenderá a admirarlo por su sereno coraje, puesto que ocurre una secreta seducción entre los temperamentos bien definidos, si bien distintos, que se complementan en sus carencias y capacidades.

La Yelcho zarpó el jueves 10, con la Emma a remolque, en medio de un fuerte ventarrón. en el puente de mando, Pardo observaba el rumbo y Shackleton estudiaba a Pardo, intuyendo que debajo de ese aspecto afable y casi apacible, se ocultaba un carácter de acero y una conciencia incorruptible. Presintió pues, que había dado con el protagonista exacto.

Durante la travesía, platicaron. Pardo se enteró del tesón de Shackleton y de sus frustraciones; de cada  una de las efímeras esperanzas contrariadas por las subsecuentes decepciones que componían su acaecer cotidiano y lo llenaban de aflicción y abatimiento. De este modo fue naciendo en el espíritu  altruista del marino chileno, un intenso y noble sentimiento de solidaridad y deseos de apoyarlo. A sus  34 años de edad, Pardo no era un ávido aventurero, ni un renombrado investigador, sino un hombre con  intereses personales, su carrera, su matrimonio y sus retoños que lo aguardaban junto a su esposa en el hogar de Valparaíso, del que faltaba hacía tiempo. Recordó nostálgico a los suyos, preguntándose si le asistía el derecho a arriesgarse por entero, en un salto al vacío. Tendría que explicar a su esposa el motivo que lo animaba. Ella, que lo había acompañado hasta ahora, con cariño y abnegación, era capaz  de comprender sus sentimientos. El deseaba ser útil, sabía a cuanto se arriesgaría y lo que podría ocurrir, pero arriesgarse por Shackleton no era emprender un viaje turístico sino, uno a muchos sinsabores y grandes sacrificios. No obstante, admitía que, como oficial de la Armada de Chile, había adquirido la competencia necesaria para realizarlo; además, tenía un sólido concepto del cumplimiento  del deber, un acentuado espíritu humanitario y un acrisolado espíritu de servicio. había 22 hombres que se encontraban en una penosa condición, extremadamente precaria y angustiosa, colmada de carencias  y desesperanzas. sentía que él podía… ¡debía salvarlos!

Con la Emma a remolque, la Yelcho arribó a Punta Arenas el día 14. Pardo y Shackleton  desembarcaron; el primero, para rendir cuenta de su comisión, y el segundo, pa ra solicitar una nave,  posiblemente la misma Yelcho, para rescatar a sus compañeros. Pero, ningún buque era apropiado para  el viaje a los hielos durante ese crudo invierno.

Todo el mundo estaba preocupado por la ventura que sufrían aquellos desamparados náufragos. Un  grupo de personas influyentes de Punta Arenas, encabezado por Francisco Campos Torreblanca,  intentaba convencer al gobierno de enviar una nave.

Recordó Shackleton que, a su paso por las islas Falkland, había conocido al Vicealmirante chileno  Joaquín Muñoz Hurtado, quien regresaba de una misión en Londres y que ahora era Director General  de la Armada de Chile. Recurrió entonces a él. La respuesta fue inmediata; el Almirante dispuso que el Comandante en Jefe del Apostadero Naval de Magallanes,Contraalmirante López Salamanca, le  proporcionara un buque a Shackleton.

Había llegado el momento de que la Armada de Chile se hiciera cargo de este rescate. se decidió que  fuera la Yelcho.

El Comandante titular de la Yelcho estaba enfermo, por lo que había que reemplazarlo. Considerando lo potencialmente peligrosa que era la misión, el apostadero naval decidió llamar voluntarios.

 

Piloto Luis Pardo V.

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El primero que se presentó fue el piloto Pardo. tenía 34 años, plenos de energía, modestia y agradable trato. Frente a su determinación inexorable, a la reciedumbre de su expresión y a la seguridad de su voz, el mando naval pudo darse cuenta de que frente a ellos se hallaba un hombre de carácter. Porque, en verdad, el piloto Pardo no sólo se propuso: se impuso. desplegó las cartas de navegación, determinó la ruta y, enseguida, como si ya estuviese aceptado para  el mando de la Yelcho, manifestó que él escogería a los hombres que habían de acompañarlo. No procedía sino transbordarlo a la Yelcho.

La noticia se propagó rápidamente por toda la ciudad. Di la contingencia de socorrer a los náufragos se veía tan incierta y la eventualidad de tener éxito,  tan remota, en la misión en la que otras tres naves en mejores condiciones de tiempo ya habían fracasado: ¿qué probabilidad podría tener la Yelcho? En el ambiente marinero del puerto se dudaba, especialmente entre los cazadores loberos, pues era la temporada en que los hielos sitiaban totalmente a la isla Elefante; también se intentaba disuadir, argumentando que la situación meteorológica era más mala que nunca.

Pardo los escuchaba, reflexionando que en esa región las condiciones siempre son las peores y, de tener que aguardar su conformidad, nunca se haría nada. Tenía que sacar prestamente de la isla a esos desdichados.

Antes de zarpar, Pardo dejó una emotiva carta para su padre, en la que le decía: la obra es grande, pero nada me arredra: soy chileno. Dos consideraciones me hacen afrontar dichos peligros: salvar a los exploradores y darle renombre a mi patria. Me consideraría feliz si consiguiere, como creo, hacer lo que otros no han podido. si fracaso y muero, usted cuidará de mi Laura y de mis hijos, que quedarían  desamparados y sin más apoyo que el suyo. Si salgo avante, habré cumplido con mi deber humanitario como marino y como chileno. Cuando usted esté leyendo esta carta, o su hijo ha muerto o ha llegado  con los náufragos a Punta Arenas. Solo, no volveré…

El viernes 25, a las 00:15 horas, la Yelcho zarpó. No nos vamos a extender en la navegación misma, en  la que Pardo era un técnico y todo lo hizo bien, ya que ésta ha sido tratada detalladamente en anteriores  publicaciones (véase: revista de marina nº 5/2000: pp 467-480.)

Cuando el 30 de agosto llegaron a la isla y ubicaron el lugar donde se encontraban los náufragos en la  playa, Shackleton y Pardo se miraron en silencio, con los labios apretados, pues hay ocasiones en que  más vale no hablar. Era el cuarto intento y Shackleton temía lo peor: - “¡están todos!”, le confirmó el  Capitán Worsley, llorando.

Mientras Pardo hacía su aproximación, podía escucharse el rumor de las expresiones de regocijo y los  jubilosos ¡hurra! de los náufragos. Pardo acercó su nave a menos de un cable de la costa, donde el hielo  la detuvo, y allí se mantuvo sobre las máquinas. Ordenó arriar inmediatamente una chalupa, que mandó  a tierra con Shackleton, el teniente Crean y cuatro tripulantes chilenos. En su trayecto hacia la playa, la  embarcación debió navegar por las grietas que dejaban las resquebrajaduras de la banquisa.

 

La chalupa de la Yelcho realizando el rescate.

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Antes de llegar al buque, Sir Ernst avisa que no hay novedades en su  gente, a lo que la tripulación de la Yelcho contesta con gritos de   ¡hurra!, los que a su vez son respondidos con alegría por los  náufragos aclamando a Chile, a la Yelcho y al comandante Pardo.

Cuando Pardo llegó a Punta Arenas con su pequeña y frágil pero,  avezada nave, ésta era esperada por las autoridades, las  organizaciones locales y toda la población de Punta Arenas, que se había volcado hacia el muelle y las  calles colindantes para ovacionar a los que llegaban, demostrando a los rescatados su cordialidad y a  los valerosos tripulantes de la Yelcho su admiración y aprecio. Hubo formación de las instituciones  públicas y privadas que querían demostrar su alegría. La colonia británica en masa aclamaba con cariñosa admiración a los salvadores de los hombres del Endurance, que tan en alto habían dejado el  nombre de Chile y de su Armada. Las familias se disputaban a los náufragos, para vestirlos y  agasajarlos.

 

La Yelcho regresando victoriosa

 

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El piloto Pardo, con su acostumbrada sencillez, parecía dudar de merecer los justos agasajos con que la población de recibiera tan triunfalmente.

El martes 5, Pardo presentó su parte de viaje. En su texto, con la lealtad propia de un líder, Pardo atribuía el éxito parte, Shackleton escribirá en su libro “South”: Finalmente, el gobierno chileno fue el responsable directo por camaradas. Esta República austral fue infatigable en sus esfuerzos para hacer un rescate victorioso y a ellos les debemos todo nuestro grupo. Menciono especialmente la benévola actitud del Almirante Muñoz Hurtado, Jefe de la Armada capitán Luis Pardo, quien comandó a la Yelcho en nuestra última y victoriosa aventura.

Por sus servicios distinguidos, Pardo recibió varias medallas. Fue publicado que, con cortesía pero con firmeza, rechazó 25.000 libras esterlinas que le habría ofrecido el gobierno británico, pues estimó que no era acreedor a ese premio, marino de Chile, sólo había cumplido con su deber en una misión que le había sido encomendada.

 

Recepción popular en Punta Arenas.

 

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En abril de 1930, el gobierno chileno nombró a Luis Pardo en el  cargo de cónsul adscrito de chile en Liverpool. en su misión  consular, resultó ser un agente de lujo para el país, aunque no  pudo gozar de la estadía. Estaba angustiado por la salud de su  esposa que, a pesar de las atenciones de los mejores  especialistas consultados en Europa, declinaba sensiblemente. Ella era su apoyo moral. Este matrimonio tan unido resolvió  regresar a chile, para que Laura Ruiz pudiera morir en paz, cerca de sus seres queridos. No obstante, en 1934 ella fue intervenida  quirúrgicamente en Chile y, aunque siempre delicada, llegaría a  vivir dieciocho años de inconsolable viudez, junto a sus hijos,  pues el 21 de febrero de 1935, a los 54 años de edad, víctima de una bronconeumonía de la cual no pudo recuperarse, falleció en  Santiago el Teniente 1º piloto Luis Alberto Pardo Villalón.

Teniente 1º piloto Luis A. Pardo V.

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Pero su deceso y el desguace de su Yelcho no significaron la desaparición de sus nombres colectiva nacional. Los ombres de nuevas unidades de la armada, distritos, unidades geográficas, sub-bases y refugios antárticos, faros, calles, centros de estudios marítimos, bustos, fundaciones, escuelas de navegación, escuelas básicas –como la Escuela Básica Villalón” de Valparaíso y el Colegio “Piloto Pardo” de Santiago-, recordarán sus nombres para siempre.