Primera Excursión

 

El 18 de enero de 1948, a las 9,30 se inició la primera excursión hacia el interior.  Se fijó como objetivo por alcanzar el nevado “Mitty” que se encuentra más o menos a 4 ó 5 km., de distancia del campamento militar, y en dirección al sureste participaron en este primer raid: el Mayor Eduardo Saavedra R., el Brigadier Enrique Araya O., Sargento 2° Humberto Leiva y Cabo 1° Nemesio Zamora.  El resto del personal de la Patrulla Antártica quedó en el campamento con instrucciones precisas para un caso de salvataje.  Era la primera vez que seres  humanos se alejaban de la costa en dirección a parajes desconocidos de aquella región.  Por esta razón, se extremaron las medidas de seguridad a fin de evitar una desgracia.  La excursión se inició con neblina persistente en las laderas inferiores del nevado.  Como medida precautoria, días antes de la excursión s habían tomado algunos rumbos hacia el nevado; lecturas que se dejaron registradas en el campamento para el caso de tener que ir en auxilio de la patrulla mencionada.

Orden de marcha fue el siguiente: leader, Brigadier Araya, Mayor Saavedra, Cabo Zamora y finalmente cerrando la columna el Sargento Leiva; todos en columna de a uno y con distancias de cinco a seis metros.  El paso que se llevó fue lento y desconfiando del terreno que se pisaba;  la marcha se hizo con esquíes y llevando  para un caso dado, los grampones en la mochila.  Se fijó las 20 horas como convenida para el regreso al campamento;  pasado el lapso, y si aún ésta no hubiera estado de regreso, se consideraría en peligro y sería una advertencia para los que quedaban en el vivac.

La patrulla excursionista fue provista de una brújula, un altímetro, un termómetro y elementos para subsistir durante un día y una noche. Por ser la primera excursión se dispuso una exploración corta y casi por terrenos vecinos a la costa.  Durante las prácticas de esquíes, en las inmediaciones del campamento, se estudió bien el camino que ahora se seguía, como asimismo, las posibilidades de  orientación tomando como referencia la costa en caso de cambios atmosféricos imprevistos y neblinas bajas y cerradas.

La primera hora de marcha se desarrolló sin novedad;  la calidad del suelo que se pisaba era nieve pulvurenta en consolidación, lo cual permitió dejar un profundo surco en la huella trazada.  Alrededor de casa persona, no había un radio mayor de 5 metros de visibilidad.  La dirección de la marcha se iba danto por lecturas de brújula;  única manera de avanzar y asegurar posteriormente el regreso.  Poco a poco se fue entrando en confianza; el temor a lo desconocido, había enmudecido, en un principio, a los exploradores y cada uno se preocupaba de la posición del vecino para no perderse.  Periódicamente, se hacía un alto para revisar la columna y repasar las seguridades del equipo. 

La temperatura se había mantenido en los 2° sobre cero, ninguna manifestación de vida había alrededor y tampoco se sentía el menor ruido, salvo las señales que unos a otros nos hacíamos para mantenernos orientados.

Después de dos y media horas de marcha y cuando comenzábamos a tomar la falda oriental del nevado, tuvimos el primer accidente, aunque de poca importancia; el leader, Brigadier Araya, cayó de improviso en una pequeña grieta.  De inmediato todos nos reunimos para prestarle auxilio; no fue necesario, pues él se incorporó y salió de su peligrosa trampa.  Fue un anuncio, pues desde ese momento, toda la patrulla se aseguró amarrándose  unos a otros y formando una cadena.  La grieta con que habíamos tropezado no tendría más de dos o tres metros de profundidad, pero sólo en ese punto, pues éstas se prolongan a cubierto indefinidamente y muchas veces llegan  hasta la misma barrera en la costa.  En este accidente, cometimos un doble error; primero, iniciar nuestras marchas sin ir previamente amarradas y segundo, corres todos al punto donde estaba el accidentados. Con nuestro peso, sólo hubiéramos complicado más la situación si esa grieta hubiera sido más grande o la nieve hubiera estado más blanda o falsa.  La lección recibida se tomó muy en cuenta en excursiones futuras.

A las tres horas de marcha y llevando un rumbo de 180° sur llegamos frente a los faldeos orientales del nevado, la bruma estacionada en sus faldas desde la mañana se había levantado un poco, pero no lo suficiente que permitiera apreciar lo recorrido y observar alrededor. Sólo sacamos por conclusiones, que nuestro camino había sido por lomajes suaves cubiertos de endurecida por las bajas temperaturas.  El frío se fue acentuando poco a poco hasta registrar una temperatura inferior a los 4° bajo cero.  El exterior de las parkas y mochilas estaba escarchado y los zapatos y gorros, completamente empapados y endurecidos por el hielo.  Los anteojos había que limpiarlos a cada momento, pues la respiración los empañaba continuamente.  A las 14 horas se inició la ascensión al nevado, ya una vez identificado el punto donde nos encontrábamos;  las faldas de éste presentaban suaves lomajes de pendiente no superior a los 10° ascendentes y uniformes.

Poco a poco comenzó a obscurecerse, a través de la bruma pudimos apreciar que la cumbre del nevado distaba mucho del punto donde nos encontrábamos.  Seguir en nuestros propósitos habría sido, además de arriesgado, una imprudencia, pues el tiempo apremiaba y no hubiéramos alcanzado a llegar de regreso al campamento a la hora convenida.  En vista de estas apreciaciones se hizo alto a la marcha, se ingirió algunos alimentos y después de un pequeño descanso se inició el regreso tomando la misma huella dejada atrás.  En el punto donde se puso término a la marcha se dejó una estaca y se tomaron varios rumbos, para después compararlos con los de las cartas y mapas de la región.

El regreso se efectuó sin novedad, la monotonía del paisaje se mantuvo y las brumas locales continuaron cubriendo toda la región.  Esta primera excursión tuvo más bien una importancia psicológica; sirvió para cimentar la confianza del personal a esta clase de actividad, completamente nueva para todos los presentes.  El conocimiento que se tuvo del lugar explorado fue relativamente poco, pues sólo se observaron lomas cubiertas de nieve sin experimentar variación.  El total de este primer recorrido se calculó en 14 km.

La marcha de ascensión fue más lenta que la del regreso.  Hubo muchos altos en la marcha y el paso normal del hombre varió considerablemente.  Se calculó un promedio  de tres kilómetros por hora en el plan y en la pendiente ascendente, un máximo de dos kilómetros por hora.

Entre las experiencias que se sacaron de esta primera marcha se tuvo, en primer lugar: la necesidad de disponer de un vestuario y un equipo adecuado.  Lo que llevábamos no reunía las condiciones más favorables; las parkas resultaron incómodas y los faldones largos eran más bien un impedimento en la marcha, pues congelados por el frío, golpeaban en las rodillas y molestaban los movimientos de los músculos.  Las mochilas adecuadas para la alta montaña, aquí constituían  un instrumento de martirio, pues la arcada que lleva el saco y que sirve para afianzarlo en las pendientes, en esta ocasión para esquiar, se incrustaban en los riñones.  Los zapatos resultaron demasiado duros para los pies, los gorros de lana se escarcharon con el hielo, dañando la cabeza.  Todas estas incomodidades se observaron en una corta marcha.  Es una experiencia que hay que considerar, pues para una marcha larga deberá cambiarse todo este equipo y vestuario.

Como el regreso al campamento se hizo muy rápido esquiando por la misma huella, se llegó a éste antes de la hora señalada.  Como medida de seguridad.  El personal se retiro a sus respectivas carpas y refugios, después de tomar un alimento caliente que se le tenía preparado.

Al día siguiente se reanudaron las marchas cortas y de práctica de esquí.  Debido a que se desencadenó un blizzard grado 8 de la escala Beaufort, se suspendieron las actividades ordenadas y todo el mundo se puso a cubierto en sus refugios.  El temporal se desencadenó con fuertes lluvias y granizadas, que duraron todo el día (19 de enero de 1948).  La  temperatura descendió a -5°C.  El personal debió permanecer a cubierto incluso a las horas de comida.  Se notó la necesidad de que cada explorador tenga su equipo completo, con un anafe de montaña, cubiertos y vajilla de aluminio especiales para excursiones.  En la comida de ese día se dobló la porción de chocolate y fruta seca;  en cambio se economizó verduras y otros artículos, pues no se pudo cocinar.  Los trabajos de la Base se suspendieron y los obreros se embarcaron rápidamente, en la fragata Covadonga, la que cambió de fondeadero debido a que corría peligro  en el lugar donde se encontraba.  Ese día perdimos contacto con el buque, quedamos, se puede decir, completamente aislados.  Fue una especie de bautismo antártico, pero que sirvió para probar la calidad de vivac y el temple de los exploradores.  Todo salió bien y no hubo desgracias que lamentar

Segunda Excursión

El martes 20 de enero se reanudaron las excursiones;  el tiempo disponible permitió prácticas de esquí conjuntamente con la ejecución de algunas marchas locales.  El estado atmosférico se había compuesto, aunque seguía nublado y con brumas bajas.  Se eligió para marchar un rumbo recto hacia el sur y en dirección a las costas del mar de Weddel.  Conforme al estudio hecho en el mapa se calculó una distancia de 35 Km. en línea recta entre el mar mencionado y el Estrecho de Bransfield (Latitud 63° 20’ sur)

Esta excursión tuvo por objeto reconocer y huellar el camino para la gran marcha final y en dirección del mar de Weddell.  La visibilidad del día era más que regular y permitía la observación en un radio de 100 a 200 metros en torno al explorador.  En esta ocasión la patrulla estuvo compuesta de las siguientes personas:  Jefe de la Patrulla, Mayor Saavedra, leader fue el Brigadier Araya, Subteniente Sagüez, Cabo 1° Zamora y periodista señor Miguel Serrano.  Este último participaba por primera vez en esta clase de excursiones.  Tenía mucho interés en conocer nuestra actividad y modales de vida en campaña.  Por sus apreciaciones finales, quedó la impresión que el señor Serrano, nos había calificado conforme lo merecíamos, formándose un alto concepto de la vida militar.

Antes de emprender la marcha se hizo un corto descanso, se tomó un buen alimento y se revistó minuciosamente el equipo.  Al Jefe del vivac, Capitán señor Eneas Aguirre se le dejaron las instrucciones del caso y los elementos de auxilio para un caso dado.     Quedó acompañado del Sargento 2° Humberto Leiva.  En la Antártica el estado atmosférico cambia de un momento a otro, sin tener nunca la seguridad de contar con buen tiempo.

Debido a inconvenientes originados  por el equipo la partida se fijó para las 16 horas, pues en estas regiones oscurece en verano, sólo entre las 24 y 03 horas.  Pero no se trata de una oscuridad completa sino más bien de una penumbra.  Por este motivo, no es ningún peligro fijar la partida a la hora que se indicó.

Después  de algunas horas de marchar con rumbo 180°  este con relación al norte comenzamos a ascender por pequeñas colinas cuya altura fluctuó entre los trescientos y cuatrocientos metros sobre el nivel del mar.  Como la pendiente era suave y uniforme, daba la sensación de que estábamos avanzando hacia una gran meseta.  Más tarde se comprobó la efectividad de ello, pues hicimos el recorrido por la falda oriental del nevado “Mitty” y distante de éste unos 2 ó 3 km. hacia el interior.  Las alturas las tomamos con barómetro aneroide y  los rumbos con brújula forestal.  Las distancias eran apreciadas por la marcha del hombre empleando el esquí.  Se calculó un promedio de 3 km. en plano y 2 km. en pendiente, por hora (Marcha al paso).

Los cambios de temperatura se registraron en las alturas, llegándose a tener 8° y 9° bajo cero en los 400 metros sobre el nivel del mar y unos 6 km. de distancia de la costa.  El personal mantuvo sus calorías comiendo  chocolate y nueces, no hubo tiempo para hacer los descanso habituales, ninguno tampoco lo deseaba.  La ansiedad por conocer aquello hacía aminorar el cansancio. Sólo  se hicieron algunos altos en la marcha, pero todo el mundo permanecía de pie o afirmado en sus bastones de esquí.

Como a las 20 horas, y después de haber marchado sin variar nuestro rumbo de 180°, sentimos en dirección al oeste, el ruido del mar.  Las horas anteriores, nos había acompañado el más completo silencio.  Obsesionados  por el deseo de llegar a las costas del Weddell nos sentimos  entrando en una zona de grietas.  La mayoría de ellas corrían de este a oeste y  se veían a una distancia de 80 metros máximo, pues la bruma estacionaria nos limitaba la visibilidad.  Una tarea interesante fue la de flanquear una de estas grietas, que en el contraste de la nieve, parecía una laguna angosta y precedida de un pequeño riachuelo.

El leader, Brigadier Araya, dispuso un alto;  la formación cambió conforme se indica en el gráfico y en vez de la columna se marchó en línea con intervalos entre los exploradores, de seis metros, todos unidos por sogas.  El leader reconoció los bordes de esta grieta que a la distancia parecía pequeña y que resultó ser enorme; cinco metros de ancho y profundidad desconocida.  En otra de sus partes el ancho disminuyó a dos metros y por fin  se encontró una parte con un ancho de un metro y menos.  Para una mayor seguridad se fue haciendo un jalonamiento en las partes reconocidas dejándose pequeñas estacas de madera para  que llevábamos consigo.   Con el máximo de precaución se fue flanqueando este accidente del  terreno formando pequeños puentes con los esquíes.  El paso más peligroso lo dio el leader, al saltar primero al otro lado,  pero fuertemente afianzado por cordeles que sostenían el resto del personal.  Una vez confirmada la solidez del suelo del otro lado de la grieta, se reanudó la marcha, pasando todo el resto.  Fue una experiencia  importante.  El personal del destacamento Andino N°2 “Guardia Vieja” de guarnición en Los Andes, que integraba la patrulla, manifestó no haber experimentado jamás una sensación igual, pese a sus numerosas excursiones y trabajos de alta montaña.

En el reconocimiento que hicimos de la grieta pudimos observar pequeños puentes de nieve que parecían ser muy sólidos, pero en realidad no eran más que débiles cubiertas formadas por el elemento.  Esto  un gran peligro, sobre todo para los que desconocen las características de esa clase de accidentes glaciológicos.

La presencia de grietas en nuestro camino, nos estaba indicando la proximidad de una región montañosa, pues éstas generalmente se forman en las faldas de cerros cubriendo las líneas de máxima pendiente. 

En efecto, habíamos bordeado todo el nevado “Mitty”  que en su parte oriental está constituido por una meseta de unos quinientos metros de altura y que va a terminar en una ensenada de un radio de 3 km.  completamente  oculta desde la costa.

En nuestra apreciación para ubicarnos, establecimos que con respecto al mar de Weddell nos podríamos encontrar a más de 20 km. de distancia aún, motivo por el cual, y aunque en un principio nos pareció estar próximos a ese mar, ese ruido que sentimos no sería de allí.  Más tarde constatamos la realidad, estábamos al borde de una bahía cubierta y cuya entrada hacia el continente era de unos 6 km., pero siempre en la costa del Estrecho de Bransfield.  Como  se manifestó más arriba, su amplitud se calculó en un radio de 3 km.

Las horas habían transcurrido sin sentir, eran las tres de la madrugada; comenzó a aclarar y las brumas arrastradas que durante todo el trayecto nos había acompañado se fueron dispersando poco a poco.  En nuestro avance encontramos otras grietas más, pero más pequeñas que las anteriores;  comenzamos a descender y en forma paulatina se nos fue presentando a nuestra vista aquella ensenada que se menciona más arriba.  La realidad es que nos dirigíamos hacia un abismo, nuestro camino estaba cortado por la bahía que formaba la barrera en aquella parte.  Como medida de prudencia, esperamos que aclarara un poco.  Nuestra  marcha se suspendió en ese punto y después de acomodar nuestros equipos y arreglar los esquíes, emprendimos el regreso deslizándonos  a cierta velocidad  por la huella trazada el día  anterior.

Al  avistar nuevamente el campamento, divisamos también en la bahía a la fragata Covadonga; la construcción de la Base todavía no se reanudaba, era muy temprano.  Una  vez más confirmamos que las cartas y mapas de la región adolecen de errores graves.

Se había recorrido aproximadamente 20 kilómetros en total;  pudo observarse que el personal no dio muestras de cansancio cuando ya estaba en el campamento.  Todo lo contrario, faltó tiempo para relatar las diversas incidencias de la excursión.  La mayoría de los excursionistas  experimentó sed y deseos de salir nuevamente a marchas.  Este fenómeno  fisiológico  se debió a que marchamos afectados de una fuerte tensión nerviosa, resueltos a cumplir  los reconocimientos de los lugares aún inexplorados, fijados en nuestro programa.

La segunda excursión dejó muchas experiencias que sirvieron para la última y más importante de las exploraciones que se hicieron es ese período.  El conocimiento de las grietas y su forma de franquearlas, se tomó mayor confianza en el rumbo de la brújula, pues al regresar fue necesario en varias partes verificar el camino, pues la huella se mostró confusa y en otras había desaparecido bajo nuevas capas de nieve y hielo.  También  el personal se sintió más seguro de sí mismo, pues al principio y en las primeras marchas, aunque lo trataron de evitar por todos los medios, se percibió un cierto temor y recelo al tener que alejarse de la costa.  Lo más impresionante para un explorador antártico es perder todo contacto, visual y material con posibles medios de auxilio; el buque, acostumbrado a estar viéndolo; el personal de la obra de la Base; el campamento mismo y, por fin, el sólo hecho de ver el mar inspira una sensación de alivio y seguridad.  Es una posible vía de salvamento en un caso dado.

Conforme a la disciplina del campamento, los que regresaron de la exploración pasaron al reposo y quedaron sin servicio hasta el día siguiente.

No obstante su elevado espíritu de sacrificio y gusto por compartir la vida de campaña que llevábamos, el periodista señor Miguel Serrano se reembarcó al día siguiente de esta excursión.  Se destaca el hecho de que fue el único civil que hizo vida de campaña con los delegados del Ejército y supo apreciar en todo su calor el temple de nuestros soldados; compartió nuestro rancho y supo ajustarse a la dura disciplina que llevábamos en resguardo de nuestras propias vidas y de la misión que teníamos  que cumplir en el Continente  Antártico.

Hasta el viernes 23 de enero se hizo vida de vivac; régimen interno y reparación del equipo que se usaría en la excursión más importante y última.

Tercera y última excursión

Se llevó a efecto el día 23 y 24 de enero de 1948, y tuvo por objeto completar el programa de exploraciones y reconocimientos hacia el interior del Continente.  El grupo de patrulleros estuvo formado por el Jefe de la Delegación, el Brigadier Enrique Araya, el Subteniente Héctor Sagüez  y el Sargento 2° Humberto Leiva.  En el Campamento quedó el Capitán Eneas Aguirre  y el Cabo 1° Nemesio Zamora, con las instrucciones correspondientes y los elementos necesarios para un caso de auxilio.  Todo se dispuso para una marcha de tres días.  En el primer momento, se pensó en trasladar todo el campamento unos 5 kilómetros hacia el interior, y proceder, desde allí, a la instalación de puestos de emergencia, escalonados, hasta las inmediaciones de la costa del mar de Weddell.  Este proyecto debió ser desechado por no disponer de medios de transporte adecuados, trineos y perros y carecer de un equipo de radio portátil para los excursionistas.

A patrulla inició la marcha a las 10 horas; el día estaba completamente despejado y había sol, lo que rara vez acontece en esas latitudes, incluso en el verano.  La temperatura se registró a esa misma hora y fue de 5 grados sobre cero de la escala de Celsius.  Todas las condiciones eran favorables.  En la construcción de la Base había quedado personal que alojaba allí a cargo de un Oficial de marina y la fragata “Covadonga” se había trasladado a Soberanía a buscar víveres y materiales, pero regresaría en el día.

La marcha se hizo empleando grampones, pues la nieve estaba endurecida y muy resbalosa; no  fue necesario mucho abrigo, llevóse una tenida de lana en la mochila.  Cada excursionista, además, portó una ración de emergencia con instrucciones de emplearla sólo en un caso extremo:  chocolate, té, nueces, un tarro de mermelada, frutas secas y pastillas confitadas de limón y naranja.

La excesiva claridad del día provocaba reflejos en la superficie nevada de las lomas vecinas a la costa.  Estas,  poco a poco fueron quedando atrás y un nuevo panorama se nos presentó a nuestra vista;  se trataba de una inmensa cordillera que cortaba la parte septentrional de la península de oeste a este.  El primer rumbo que tomamos fue ya en lo alto de una loma distante 300 metros del campamento; allí estaban frescas aún las huellas de nuestras  excursiones anteriores y de los ejercicios de esquí practicados por el personal.  Esta loma de pendiente suave y de 200 metros de altura fue el punto de partida de nuestra marcha final. Se colocó la primera estaca con una inclinación hacia el punto donde estaba el campamento, se tomó un rumbo de 170° este y se leyó la temperatura: 4 grados sobre cero, escala de Celsius.  También, desde aquí, se comenzaron a marcar las distancias;  hora de partida: 10,30.  A partir de ese momento. Cada 20 minutos de marcha se hacía un alto y se colocaba una estaca con la misma inclinación de la anterior, pero esta vez orientada en la dirección de la huella dejada atrás.

El paisaje se presentó distinto a los días anteriores; en más de una ocasión nos cruzamos con huellas nuestras dejadas en otras excursiones pero con distinta dirección a la que ahora llevábamos.  Se hace presente que las huellas no quedaban tan bien marcadas como antes, pues apenas se notaban los hoyos dejados por nuestros grampones en la corteza dura del hielo.

La refracción solar se manifestó en toda su intensidad y fue necesario colocar filtros color anaranjado a los polaroides para evitar daño a los ojos.  A simple vista no se podía mirar.

Como a las 13 horas y después de marchar sin descanso, salvo pequeños altos para estacar el camino, llegamos a la entrada de una gran meseta formada por lomajes suaves y limitada:  al sur  por el cordón cordillerano que habíamos divisado desde nuestro punto de partida; al este, por la costa del mar de Bellinghausen, al norte  por el mismo mar y al oeste no se podía percibir ningún accidente topográfico que sirviera como referencia, pues sólo se veían lomajes y más lomajes.  Nuestra ruta de marcha estaba marcada rectamente al sur (180°), salvo ligeras variaciones que fluctuaban entre los 5 y 10 grados este.  Se hace presente que este rumbo que llevábamos era paralelo al tomado en la segunda excursión, pero ahora íbamos por el interior y a 10 kilómetros al oriente de las faldas orientales del nevado “Mitty”, tomado como referencia.

Para hacer una mayor apreciación del punto donde nos encontrábamos  y rectificar la carta, se hizo un alto de media hora, se repasó el equipo y se tomó algunos alimentos, consistentes en frutas secas y algunas conservas de la porción corriente.  Se tomaron fotografías y películas de los alrededores  y se fijaron una serie de rumbos hacia la cordillera, el nevado “Mitty” y a los picachos de unos cerros de una isla que apenas se percibía hacia el oeste.  Hacia el norte se había  perdido completamente la costa y, hacia el oeste, se veía una que otra isla.

La superficie de las lomas era lisa y parecía una plataforma de cristal con los reflejos del sol;  la temperatura se había mantenido entre los 4 y 5 grados sobre cero.  Prácticamente no se sentía  frío y el aire  era seco.

El cielo continuaba limpio de nubes y no soplaba la más pequeña brisa, era un día de  verdadero verano y, por supuesto, algo excepcional en la Antártica.  Se  puede informar que de esta clase de estado atmosférico se registraron, a lo sumo, un total de tres.

El rumbo fijado fue de 190 grados este.  La marcha se reanudó sin novedad, el estado del personal era excelente y la moral muy alta.  Antes  de las 15 horas y caminando fuerte llegamos a los primeros faldeos de la cordillera que habíamos descubierto.  Ahora, desde este punto, se pudo apreciar desde su constitución y calcular su altura  y longitud aproximada del tramo que se nos presentaba ante nuestra vista.  Era un cordón casi uniforme de cercos, en su mayoría de forma cónica.  Uno  que otro portezuelo se podía identificar como tal.  Tal vez habrían otros pero cubiertos por la nieve.  El espejismo y la refracción de la luz solar hicieron que nuestras apreciaciones, con respecto a las distancias, fueran un tanto erróneas; así lo confirmó el registro que llevábamos.  En efecto, cuando divisamos el portezuelo, desde nuestra estación anterior nos pareció tenerlo a 3 ó 4 kilómetros máximos de distancia.  Las lomas ligeramente sombreadas por la proyección de los cerros, parecían estar al alcance de la mano.  Pero cuando hicimos  este último alto, la realidad  fue distinta;  faltaba mucho aún para alcanzar su altura.  Si bien es cierto que ya nos encontrábamos en plena cordillera, no era menos cierto que las alturas alcanzadas pertenecían a sus contrafuertes, si así pudiéramos llamarle.

Un nuevo alto sirvió para rehacer las fuerzas gastadas; se tomaron varios rumbos de brújulas, fotografías y se hicieron varios croquis.  La temperatura había descendido a 2 grados sobre cero y ligeras brisas provenientes del portezuelo, se hicieron notar.  La tarde comenzó a proyectar sus sombras en las cimas; el sol continuaba aún brillando.

A las 16 horas se inició la ascensión del portezuelo.  La meseta que habíamos recorrido se dominaba completamente con la vista. Era  una gran superficie helada parecida a una pampa con ondulaciones pequeñas.  Uno de los cerros más característicos que tenía era el nevado “Mitty” hacia el oeste con dos protuberancias: un cono de forma volcánica y una meseta que sobresalía de la superficie del suelo, unos 500 metros.  La altura del nevado fue calculada en 600 metros.  La altura media de la meseta recorrida se calculó por medio de un altímetro, en 450 metros sobre el nivel del mar.  A ésta se le colocó el nombre de Meseta de la Infantería, en homenaje al arma a que pertenecíamos la totalidad de la Patrulla Antártica.

Esta meseta, que no figura en ninguna  carta ni mapa, fue ubicada en la carta que llevábamos, como asimismo la cordillera  que  explorábamos en esos momentos y el nevado “Mitty” que habíamos dejado atrás.

Desde la entrada al portezuelo se pudieron efectuar algunas mediciones angulares hacia ambos lados de esta cordillera, constatándose que su orientación es de oeste a este con variaciones de uno o dos grados en las inmediaciones de la costa del mar de Bellinghausen.  Los cerros parecían alineados como con jalones y todos más o menos de una misma altura.  Es natural que la nieve depositada en sus cumbres  altere visiblemente su altura real, pero, en todo caso, las apreciaciones que se hicieron fueron basadas en diversas lecturas del barómetro aneroide.  La altura término medio registrada en el primer tramo del portezuelo en su lado norte fue de 850 metros; por deducción se calculó el doble el valor de la altura de los nevados vecinos, ósea 1.700; descontándose un 10% de cubierta de nieve se tiene finalmente un promedio de 1.500 metros de altura de esta cordillera.

En sus características más importantes se destaca la forma cónica de sus cerros, con cortes lisos e inclinados en más o menos 45º.  Desde nuestro punto de observación, también pudimos determinar su tramo oriental que desde la meseta de la Infantería, no se veía.  Este  tramo lo forma una serie de cadenas más pequeñas de montaña nevadas, pero separadas unas de de las otras por espacios cubiertos de lomas de pendiente suave y muy parecidos a los que encontramos en nuestras primeras excursiones.

En los días cuando la atmósfera  está despejada, desde la costa se alcanza a ver una parte del cordón cordillerano, separado de la barrera por una pequeña explanada de un ancho de 8 kilómetros; es un plano inclinando de más o menos 5 grados de pendiente.  De este tramo se tomaron varias fotografías que se incluyen en este informe.

Debido a que nuestras observaciones se hicieron en pleno verano, se pudieron ver algunos de sus picachos de consistencia rocosa y piedras muy pulidas.  Estas dejaban traslucir sus vetas color café oscuro sobre una superficie amarilla.  Este fenómeno se debe a que continuamente la nieve se está  deslizando por sus planos inclinados y haciendo las veces de un pulidor.  Como la operación se viene repitiendo seguramente algunos miles de años, se ha llegado a lograr este efecto.

A esta cordillera, imponente en su aspecto y que corta la península en dos tramos en esta zona, se le colocó el nombre del Comandante en Jefe del Ejército General de División señor Ramón Cañas Montalvo – como un homenaje a su inquebrantable y patriótica actitud ante estos problemas antárticos y australes en general-, y será, además, el primer Comandante en Jefe del Ejército que llega hasta esta región en misión oficial.

El portezuelo que estábamos recorriendo está ubicado a más de 18 kilómetros de distancia del punto desde donde iniciamos nuestra marcha.  Se trata de una de las pocas pasadas que tiene esta cadena de montañas y une la meseta del a Infantería con otra gran meseta que encontramos en lo alto.

Su travesía duró más de dos horas;  nos llamó la atención la completa desolación de esa zona; ausencia de manifestaciones de vida y la imposibilidad de establecer poblaciones.

Tal vez con grandes inversiones de capitales y sacrificios personales se podría llegar algún día a transformar esos desiertos de nieve en algo más acogedor.  La roca viva dejada al descubierto en el verano está indicando la existencia de minerales que reclaman la atención de geólogos y mineros.  Es muy posible que la ley de ellos sea industrial y, por desconocimiento de su existencia, no se estudien los medios de lograr extraerlos.  Era tan grande nuestro entusiasmo por conocer lo que había un paso más allá de las metas que nos habíamos trazado, que el día se nos fue sin sentir.  A las 17 horas aún estábamos en plena travesía del portezuelo, llevábamos más de 7 horas de marcha y un promedio de 20 kilómetros recorrido.  Los descansos que nos habíamos dado eran de 15 a 30 minutos y las manifestaciones de cansancio se evitaron en todo momento.  La temperatura comenzó a bajar hasta registrarse cero grado Celsius con sol, aunque éste no brillaba en forma tan intensa como en la mañana.  Esto impedía manipular en buena forma las cámaras filmadora y fotográfica, respectivamente.  Los dedos no se sentían en los resortes de estos instrumentos y apenas se podían sostener enfocados.  El ancho del portezuelo en toda su extensión se calculó en 400 metros, sus cortes laterales eran casi verticales y de estructura glacial.  En esta parte del recorrido comenzamos a encontrar grietas de cierta magnitud lo cual contrastaba con la Meseta de la Infantería, donde no encontramos una sola.  Huelga decir que estos accidentes  se encuentran comúnmente en los faldeos de los cerros o en las inmediaciones de éstos.

Las características especiales del portezuelo se resumen.

Ancho:   término medio 400 metros.

Pendiente media de 15º en los primeros doscientos metros.  Sigue una pendiente de 25º en su parte media y termina en una de 30º.

Su ascensión es peligrosa por las grietas que contiene y, lo que es más, su superficie es falsa y difícil de transitar, debido a que ésta no es lisa como en la meseta, sino en forma de oleajes, constituidos por nieve solidificada y orientados en la dirección del viento que sopla con mayor fuerza;  en este caso se vio que era el del norte.

La existencia de grietas, que en esta época es el mayor enemigo del explorador antártico, la pudimos confirmar al clavar nuestros bastones de esquí sobre la superficie helada e irregular de este portezuelo.  Se escucharon ruidos subterráneos originados por desprendimientos internos de materias sólidas.  La calidad y dimensión de estas grietas subterráneas más peligrosas aún que las que se presentan a simple vista, fue posible apreciarlas cuando íbamos más o menos en la mitad del portezuelo.  En efecto, un enorme corte con ramificaciones laterales, admirablemente mimetizado por un  polvillo de nieve suelta, nos obligó a  hacer alto.  El ancho de esta grieta, que comenzaba a quedar en descubierto por los recientes deshielos acontecidos durante el buen tiempo, se calculó en tres metros; sus bordes eran sólidos y su profundidad no se pudo ni siquiera apreciar.  Las sombras de la tarde fueron un impedimento para tomar fotos y películas.

No fue un obstáculo que impidieran la continuación de nuestra marcha; en excursiones anteriores ya habíamos tenido la oportunidad de aprender la forma de franquearlas.  De acuerdo con las instrucciones del leader, se  formaron puentes con los esquís y se organizó una cadena humana. Uno a uno fuimos franqueando el obstáculo sin que se nos presentara inconveniente alguno.  La disciplina en estos casos juega un papel importante y debe obedecer ciegamente al hombre experimentado y conocedor de la materia.  Su travesía duró dos y media hora;  si se calcula un rendimiento  de marcha ascendente de dos kilómetros por hora, se tiene que su longitud aproximada es de cinco kilómetros.  Una de las observaciones interesantes fue que un trineo no habría podido pasar por ese punto y, lo que es más, por el portezuelo mismo.  En realidad las paredes laterales de éste formada por cerros de altura media de 600 a 800 metros mueren en lechos de glaciales cuya cubierta es tan irregular que, aunque es formada por nieve sólida, es imposible transitarla, aún con grampones o esquís.

Al portezuelo se le dio el nombre del leader, Brigadier Enrique Araya Osses; al nevado que queda a su costad este se le dio el nombre del Subteniente Héctor Sagüez H. y al nevado que se encuentra en su banda oeste, el del Jefe de la Patrulla, Mayor Eduardo Saavedra rojas.  Estas tres personas fueron las primeras en llegar a su entrada y alcanzar su cima.

Una vez en lo alto, y ya distanciados de la salida sur del portezuelo Brigadier Araya, comenzamos a trepar por unas colinas de nieve a unos cincuenta metros de altura con respecto al plano que nos  encontrábamos. Aunque pequeñas, nos limitaban la visibilidad.  Las ansias de tener un mayor dominio visual  nos hizo acelerar el paso.

A las 20 horas llegamos a la entrada de otra gran meseta, muchas veces más grande que la de la Infantería que habíamos dejado en el bajo.  Se trataba de algo completamente nuevo e inesperado APRA nosotros, ya que pensábamos encontrar más cordones cordilleranos, como el que terminábamos de franquear.

Esta meseta ocupa las tres cuartas partes de la Península de O’Higgins, teniendo como límites la cordillera  General Cañas y la costa norte que termina en el Estrecho Antártico (Bahía de la Esperanza) y las costas del mar de Weddell.  Por su importancia geográfica y la ubicación especial que tiene en esta zona, se le puso el nombre de nuestro Ministro de Defensa Nacional, General de División señor Guillermo Barrios Tirado.  Como nuestro Comandante en Jefe del Ejército, y todos los integrantes de la Patrulla Antártica, pertenece también a la gloriosa arma de Infantería.  Es una íntima satisfacción  para un profesional poder apreciar que las enseñanzas en Unidades y  Escuelas de armas, se puedan aplicar con resultados muy halagadores,  en cualquier terreno.  Esta era la confirmación, pues sin medios adecuados y con el entrenamiento normal del soldado, se habían recorrido más de 20 kilómetros,  considerando ya a su haber otros tantos en excursiones anteriores y teniendo, además, la tarea de deshacer esa distancia recorrida hasta el momento.

Las características de la meseta General Barrios son las siguientes:

Ausencia completa de cordones cordilleranos que la fraccionen.

Cubierta plana pero muy resquebrajada y cruzada por innumerables grietas.

Visibilidad ilimitada hacia el este y noreste.

Lomas de pendiente suave se destacaban en dirección norte;  sus superficies redondeadas y lisas están expuestas a la acción de los vientos.

Ausencia completa de vegetación.

No se encontraron minerales ni rocas o piedras que afloraran a la superficie.

Hacia el suroeste y en un rumbo de 220º este, la visibilidad estaba limitada por colinas de nieve de alturas apreciadas en 300 metros.  En esta dirección está la continuación hacia el centro del Polo Sur, atravesando la parte suroeste de la Península de O´Higgins.

En la parte más alta de esta gran meseta hicimos alto y tomamos algún alimento.  Aún teníamos sol, aunque ya muy débil.  Hacia el sur divisamos diversas agrupaciones de brumas de costa;  color oscuro y apareciendo con cierta intermitencia.  Este detalle nos hizo pensar que en esa dirección estaba la costa del Weddell.  Posteriormente, y de regreso en el campamento, verificamos nuestra posición{en con respecto a esa costa; habíamos llegado a más de la mitad del camino y calculamos haber quedado a otros 20 kilómetros de distancia.  No podía ser de otra manera, es la parte más angosta de la Península y, por otra parte, la más pobre en geografía.

A medida que íbamos avanzando, ya en plena meseta General Barrios, las grietas e irregularidades del terreno se habían venido haciendo más notorias.  En esa parte, habría sido imposible acampar, pues no había ningún pequeño alto que nos hubiera podido guarnecer del viento y del frío.  Llegó el momento de suspender la marcha; después de una apreciación de la situación, resolvimos acampar en el bajo; única parte donde habría sido posible y no sin grandes dificultades.

Es interesante dejar constancia en este informe que la zona de grietas que abordamos en la meseta nos dejó la experiencia que es imposible dar una pauta de marcha para alcanzar   una determinada línea en esa zona.  El sólo hecho de atravesar esos accidentes y implica una considerable pérdida del tiempo.  Las que habíamos franqueado hasta el momento podían considerarse pequeñas al lado de las que se nos presentaban por delante.  Muchas de ellas hasta de 10 metros y más de ancho.  Todas en general guardando sorpresas y   su profundidad.  No se trata de grietas verticales sino inclinadas y con profundidades muchas veces visibles pero falsas.  Sólo una inspección hasta su interior nos habría aclarado la incógnita.  Pero estos trabajos no estaban en condiciones de realizarse con los elementos que disponíamos.

Con las primeras horas de la noche, la temperatura fue caminando y descendió a tres grados bajo cero. El frío se más agudo con una ventisca que empezó  a soplar en la  meseta.  Eran las 21 horas y, aunque era de noche, había suficiente claridad para hacer lectura en la brújula, dibujar croquis  y ver la hora.  El sol se había entrado hacia media hora.  Esta claridad nos acompañó hasta las 23.30 horas.

Después  de resolver el regreso al campamento  y dar por terminada la marcha en ese punto donde estábamos, comenzamos los preparativos para que el regreso fuera lo más rápido posible. Continuar con los medios y víveres que llevábamos  habría sido una imprudencia y un riesgo innecesarios, pues  teníamos más factores en contra que a nuestro haber.  Los víveres calculados para tres días, nos habrían alcanzado para cruzar una cuarta parte de la meseta General Barrios.  La distancia teórica para dar término a nuestra marcha era aproximadamente de 20 kilómetros.  La distancia real estaba subordinada a las vueltas y rodeos que hubiéramos  tenido que dar entorno a cada grieta, que seguramente se nos iría a presentar en nuestro camino.  Como un testimonio de nuestros esfuerzos y haber llegado a ese punto de esas regiones desiertas, dejamos las cuatro últimas estacas que nos quedaban, formando una cruz.

El regreso se hizo deshaciendo los rumbos tomados a la ida.  Se buscó la huella trazada, pero ésta había desaparecido bajo el polvillo de nieve que había arrastrado la ventisca.

A la pasada del Portezuelo “Brigadier Araya”, tuvimos la oportunidad de observar un curioso fenómeno: a menos de un kilómetro de distancia de la boca norte de éste, un enorme planchón de hielo que cubría de lado  a lado el Portezuelo dio muestras de querer desprenderse y  deslizarse por la pendiente hasta la meseta de la Infantería.  Un ruido extraño se hizo sentir bajo nuestros pies.  De inmediato se tomaron las precauciones del caso;  se quitaron los esquíes y grampones y la columna se fraccionó en patrullas de dos hombres unidos por cuerdas.  El planchón que quiso desprenderse se trataba al parecer, de una masa compacta de hielo débilmente sostenida en sus cimientos.  El traqueteo nuestro, el cambio de temperatura y la fuerte acción del sol durante el día, provocaron este principio de deslizamiento que después  se transforma en alud.  La prudencia aconseja en estos casos continuar por las ladera o bien esperar los resultados de estos desprendimientos colocándose  a bastante distancia.  El fenómeno no siguió más allá, pero, seguramente más tarde, esa masa de hielo ha debido desprenderse completamente.  Fue una justificación más que encontramos a la forma irregular del suelo, pues estas avalanchas van sembrando el camino de  trozos multiformes de hielo, los que más tarde cambian de forma por la acción de los vientos y las nevazones.

No obstante lo anterior, el descenso se continuó sin novedad, pero muy lentamente.  El regreso por la meseta de la Infantería también fue sin novedad.  Debido a la contextura especial que tomó la nieve, no fue posible emplear ni esquís ni grampones, sino sólo zapatos. Fue una marcha lenta; además del cansancio que teníamos, nos embargaba una inquietud por el hecho de que la noche nos sorprendiera a una considerable distancia del campamento, 20 kilómetros, y casi en las faldas de la cordillera “General Cañas”.  Con el ánimo resuelto y dispuestos a afrontar cualquier contingencia, seguimos el regreso ya con una oscuridad parecida a la penumbra.  Las formas de los cerros habían cambiado y todo parecía distinto a lo que vimos a la ida.  Las proyecciones de las sombras dan un aspecto fantástico a esa región.  Un hombre solo habría enloquecido fácilmente.

La temperatura nos descendió hasta 12º bajo cero en plena meseta de la Infantería.  Al campamento se llegó a las siete de la mañana del día siguiente.  A medida que nos íbamos acercando a la costa, la temperatura iba en aumento hasta llegar a 0º en el campamento a la hora mencionada de nuestro regreso.

El balance de esta excursión no pudo ser mejor;   había sido la más dura prueba puesta en práctica en ese continente.  Ante las dudas de muchas personas que integraban la expedición habíamos demostrado nuestra capacidad y nuestra  escuela.  Todo el personal regresó sano y en buenas condiciones físicas, salvo los pies hecho pedazos por la dureza y mala confección de los zapatos de esquí.  En nuestros programas incluimos un nuevo viaje hacia el Weddell, pero sorteando nuevas rutas, hasta encontrar la más conveniente.  En nuestras exploraciones faltó el complemento de la aviación.  Una acción en conjunto habría dado con la solución.

Los días siguientes se permaneció en el vivac.  Después  del buen tiempo reinante, éste se descompuso y nuevamente tuvimos un temporal de grados 6 y 7.  Estos, en el continente sudamericano, tienen el carácter de muy fuerte, acá, en la Antártica, se consideran muy suaves en comparación con los de grado 10 o mayores, que son los más comunes.

Nuestro campamento ya había soportado esta clase de fenómeno y había resistido muy bien.  No faltó el ofrecimiento del Jefe de la Flotilla, Comandante señor González, de  regresar a bordo. Se agradeció una vez más esta atención rechazándola por no ser  necesario el abandono del vivac.  Cada hombre tenía en su refugio víveres suficientes para permanecer sin salir durante tres días.

No se hicieron más exploraciones y toda la patrulla regresó a  bordo el 30 de enero de 1948, a fin de prepararse para la inauguración de la Base Militar General Bernardo O’Higgins.